Europa no funciona y Trump la retrata
ED.- Más allá de una retórica inflamada y a menudo innecesariamente ofensiva, la nueva Administración americana está teniendo la virtud de obligar a la Unión Europea a madurar y a enfrentarse a las vicisitudes el momento, bien alejadas de su agenda fiscal, ideológica, industrial e ideológica, con frecuencia dañina para el progreso, la paz y la seguridad.
Y esto se percibe claramente en la fracasada cumbre oficiosa de líderes europeos en París, plagada de presidentes de salida o en declive, como Macron, Scholz o Sánchez, que llevan años más preocupados por sostener el edificio burocrático de Bruselas e intervenir todos los órdenes de la vida colectiva e individual de los europeos que de actuar, con determinación, en un mundo cambiante que no espera para redefinir sus alianzas y culminar sus objetivos.
El encuentro fue, por mucha retórica que se le ponga, un desesperado cónclave para atener las condiciones impuestas por Washington a Europa si quiere participar, de algún modo, en su agenda diplomática, geoestratégica y comercial, con un único punto del día: estudiar fórmulas para elevar el gasto público militar y para movilizar tropas propias en Ucrania.
No estudiaban una alternativa a la hoja de ruta de Trump, más allá de soflamas temerarias de Sánchez más en nombre de la Internacional Socialista que de España, sino cómo incorporarse a ella para minimizar los daños. Y pese a esa premisa, o quizá por ella, no fueron capaces de alcanzar ningún acuerdo.
Porque unos estados aceptan mancomunar la deuda para mejorar el gasto militar y otros prefieren que cada socio asuma su propia cuota; con la misma falta de sintonía que enfrenta a quienes no descartan enviar tropas a Ucrania y quienes prefieren demorarlo, con Sánchez a la cabeza del grupo que apuesta por dejarlo todo en manos de Bruselas, probablemente por su incapacidad para obtener el respaldo dentro de su propio Gobierno.
Frente a eso, Trump tiene una propuesta para acabar con las guerras desatadas por Rusia o por Hamás, con aspectos controvertidos sin duda, pero también como alternativa al sostenimiento de enfrentamientos bélicos de inquietantes consecuencias para la humanidad.
Que esa paz sea justa no depende de los discursos de los presidentes europeos, instalados a menudo en el confort y la falta de compromiso, sino de generar unas condiciones que atiendan todos los intereses y recreen un tablero de juego multilateral por el esfuerzo y la capacidad de todos sus actores, entre los cuales no parece estar Europa por sus propios errores.
Porque en un mundo cambiante, con un pulso al fondo entre Estados Unidos y China por la hegemonía mundial para los próximos siglos, no puede ser que Europa se limite a martirizar a impuestos y burocracia a los europeos; a fracasar en los ámbitos tecnológicos e industriales que modelan el mundo y a actuar de espectador displicente y a menudo arrogante de quienes asumen la existencia de problemas muy serios y proponen las medidas que a su juicio más les benefician.
Europa puede limitarse ahora a quejarse lánguidamente o aprovechar para entender la imperiosa necesidad de reformarse a sí misma, poniendo en el centro la imperiosa urgencia de madurar en un escenario en mutación en el que nadie va a tener un papel que no se gane. Ése es el gran dilema.