Señora presidenta, llame a los madrileños

Imagen idealizada de Isabel Díaz Ayuso, que la retrata como la nueva Agustina de Aragón, la heroína popular que se enfrentó a los miserables invasores franceses.de Napoleón.
Alfredo Semprún.- Salvo las excepciones por todos conocidas de Daoiz, Velarde, Ruiz, Van Halen, Ezeta y algunos guardias de Corps que se escaparon por las ventanas del cuartel del Conde Duque, los milicos acataron las órdenes de sus superiores y dejaron solos a los madrileños, que se batieron con navajas y palos contra los fusiles de las tropas de Murat. De hecho, los únicos uniformes militares que se vieron aquella gloriosa jornada por las calles de Madrid fueron los de los lanceros y los mamelucos gabachos, y los de los infantes que fusilaron a los rebeldes, como reflejaron perfectamente los pinceles de Goya.
Así que, querida y admirada presidenta, podemos considerar un «relato político» el que nuestros militares desfilen ese día por los mismos lugares donde se cargó navaja en mano contra la caballería francesa y dejar que sea el pueblo de Madrid, sus descendientes venidos de toda España y de las Américas, quien celebre la efeméride y, así, no importunamos a unos jefes y oficiales que, como entonces, están obligados a cumplir las órdenes del Gobierno. Apele, pues, señora presidenta, a las gentes del común a conmemorar una gesta inmortal como pocas y no entre en consideraciones morales con una izquierda que tiene en el enfrentamiento su única razón de ser y que, una vez traicionada la clase trabajadora, ésa que le vota a usted, anda buscando banderas con las que envolverse para seguir en el machito. Y no se preocupe por la música, que España es país de grandes bandas y orquestas –ahí están Valencia y Sevilla, para demostrarlo– y ha dado genios como Francisco Alonso, autor de un pasodoble que nos viene al pelo, «Banderita», que no surgió, precisamente, de ninguna sesuda labor militar, sino como pasodoble en una revista, «Las Corsarias», de esas con muchas chicas de coro, falditas cortas y letras picantes, que hacían las delicias de los españoles en los felices veinte.
Más de tres mil representaciones dio la impar Celia Gámez en Buenos Aires, mientras en Valencia se llenaban simultáneamente hasta dos teatros. Con «Banderita» de apertura y con la «marcha de los Voluntarios» de cierre, que en esa zarzuela –estrenada en el teatro del Príncipe Alfonso en 1892– estuvo culmen el compositor don Gerónimo Giménez, tenga por seguro usted que lo petamos y no hay necesidad de invitar al ministro Bolaños para que los madrileños nos hagamos perdonar por votarla a usted con una de esas mayoría absolutas que el presidente del Gobierno sólo acaricia en sus sueños más húmedos.
Lo dicho, señora presidenta, pase usted revista a su pueblo a los sones del «banderita tú eres roja, banderita tú eres gualda», que es patrimonio de todos, y que les zurzan a los del gobierno de Sánchez, que no tenemos en esta ciudad un barrio que se llama Malasaña para que nos amilanen cuatro paniaguados de coche y sueldo oficial –aunque ahora que caigo me parece que son 22 los ministerios y ni siquiera son capaces de aprobar los Presupuestos, que es una obligación constitucional– y nos desluzcan la fiesta. Y qué le vamos a hacer si a usted le tienen gato los de las múltiples izquierdas. Con dolernos no ganamos nada, porque cuando ofenden lo hacen a conciencia, buscando el mayor daño posible del adversario. Piense que los únicos políticos de derechas que toleran, que, incluso, les gustan, son los que no ganan elecciones. Y ese no es su caso, señora presidenta.