La ayusofobia del sanchismo
Francisco Marhuenda.- Mi madre siempre me decía que «no hay mayor desprecio que no hacer aprecio», a lo que añadía que «no ofende quien quiere, sino quien puede». Estos sabios consejos del refranero los he seguido siempre con firme determinación. No hay que bajar al barro y pelearse con los zafios mamporreros del sanchismo o la izquierda antisistema. Otra cuestión distinta es mi respeto por los socialistas que no han querido ser vasallos de un señor que no es digno de ser servido. En cambio, otros han pasado de ser sus más feroces detractores para convertirse en sus bien pagadas marionetas.
He de reconocer que me fascina esa falta de dignidad, porque no sería capaz de caer en la abyección de aquellos que promovieron y apoyaron la candidatura de Susana Díaz y ahora le aplauden con el mismo fervor que aplicaban por la expresidenta andaluza. La obsesión de Sánchez contra Ayuso alcanza unos niveles esperpénticos que definen al personaje. A pesar de ser madrileño, la realidad es que no le quieren. Su partido quedó el tercero en las autonómicas y municipales, algo que olvida la izquierda mediática que se dedica a pelotear a Óscar López.
La ayusofobia alcanza extremos patológicos hasta cegar a Sánchez. Cuenta con el mediocre delegado del Gobierno que intenta hacer méritos con el poco talento que le caracteriza. Es un mamporrero que se dedica a atacar a Ayuso y Almeida, aunque con un éxito descriptible. Al presidente del Gobierno le gusta rodearse de mediocres, con alguna excepción, porque vive atormentado por unos complejos que han eclosionado cuando ha alcanzado el poder. Nunca le he menospreciado e incluso en las tertulias me criticaban llamándome sanchista o amigo suyo los que ahora cobran buenos sueldos gracias a él. Lo único que hacía era analizar la situación y decir que iba a ganar las primarias. Otra cuestión distinta es que su trayectoria académica y política le haya provocado una serie de complejos que han surgido cuando ha llegado a La Moncloa.
En primer lugar, está su desprecio por el mérito y la capacidad. A pesar de la generosidad que le hemos prestado, quizá equivocadamente, por copiar su tesis doctoral y le hemos criticado con educación, no puede esconder su antipatía al mundo universitario y a los funcionarios, porque no ha sido capaz de hacer una carrera profesional.