Franco por la calle
José Ramón Ferrandis.- Durante décadas, el jefe del Estado y jefe del gobierno de España, Francisco Franco Bahamonde, se desplazó por calles y plazas, estadios y paraninfos, teatros y salas, fábricas y embalses. Allá donde iba, las gentes se reunían para verlo y aclamarlo. Le patentizaban su reconocimiento, su agradecimiento y su adhesión. A Franco le acompañaba su escolta, la Guardia de Franco, unos pocos hombres de uniforme que le abrían paso entre las personas que el jefe del Estado hallaba a su paso.
No era para menos. Franco había salvado a España del comunismo – venciendo una y otra vez a Stalin -, había evitado su disgregación, impedido su entrada en la Segunda Guerra Mundial, superado un hermético cerco multilateral y bilateral con escasa ayuda exterior, recuperado la paz civil, generado un crecimiento económico y una cobertura social como nunca se había dado en España y habilitado unas perspectivas de enorme desarrollo en todos los órdenes.
Durante años, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, presidente del Gobierno de España, se halla recluido en el palacio de La Moncloa, de donde sólo sale blindado por una gigantesca maquinaria de protección. Del automóvil cerrado y blindado (acompañado por otros idénticos para minimizar posibilidades de localización) en el que se desplaza va al helicóptero Puma, o al jet Falcon, o al Congreso y actos del partido político que le alberga y con él se identifica.
Si esporádicamente sale a la calle, su segura compañía son insultos, gritos, rechazo frontal del pueblo español que le responsabiliza, con acierto, de los males de la Patria. No importa el cordón de protección que se habilite al efecto: Sánchez siempre es denostado unánimemente allá donde va. Se puede entender: es la personificación del Mal.
En síntesis: Franco libre, Sánchez encerrado.
Seguramente la explicación es que millones se equivocaban entonces y que millones se equivocan ahora. Claro que bien puede ser al revés, es decir, que acertaban entonces y aciertan ahora.