Una inexcusable reflexión
Hay un refrán popular que Sanchezstein debería aplicarse, aunque suene particularmente rudo: «No hay mayor desprecio que no hacer aprecio», es decir, ignorar a quien te ofenda o sea desagradable, en lugar de despotricar o enfrentarte a él. Eso le está pasando al inquilino de La Moncloa con su obsesión antifranquista, dedicándole innumerables actos para evocar el cincuentenario de su fallecimiento que está consiguiendo que una juventud que desconocía el personaje ahora se interese por él.
Una parte de esa juventud es «contraria al sistema» y una manera de expresarlo es oponerse a lo que promueve el Gobierno, que en este caso se concreta en interesarse por el franquismo. Y si lo «progresista» es ser antifranquista, se están convirtiendo en «franquistas». Ello sin perjuicio de los que respetan al personaje desde un real conocimiento de su obra de gobierno.
En esta misma línea argumental, su fobia enfermiza contra el Valle de los Caídos significó que ayer hubiera colas de miles de personas para acceder a la Basílica para las misas dominicales de las 11 y las 13 horas. Este es uno de los logros de quien accedió al Gobierno tras dos estrepitosas derrotas electorales –90 y 85 diputados respectivamente en sendas elecciones en seis meses y repetidas– para «salvaguardar la calidad de nuestro sistema democrático».
El daño que está provocando a esa «calidad» no tiene precedentes en los 47 años de vigencia de nuestro actual régimen constitucional, violando reglas de comportamiento que todos sus predecesores en el Gobierno habían respetado. Y que él, estando en la oposición, reivindicaba enfáticamente, como el conocido de considerar que un gobierno sin presupuestos es un «objeto inútil», y ahora que él no los tiene, su portavoz afirma que no los presenta en el Congreso, como exige la Constitución, «para no perder el tiempo».
Si esa conducta política no tiene precedentes, no es menos grave que los compromisos asumidos públicamente en campaña electoral sean incumplidos, sometidos a presuntos «cambios de opinión» basados en el supremo deseo de seguir en el poder al precio que sea. Que lo paga la dignidad y el respeto que exigirían hacer honor a la palabra dada a los electores, pidiéndoles el voto. Su partido, conociéndole, le cesó del mando en Ferraz en un Comité Federal para impedir que hiciera lo que, para desgracia de España, viene haciendo desde hace casi siete años. «En el pecado lleva ahora la penitencia» y esas siglas PSOE están ahora marcadas por su sumisa claudicación a la voluntad de quien ejerce un poder impropio de un partido que ha dejado de ser socialista, obrero y ante todo español para ser el PS. El Partido Sanchista.